Mi mujer maneja todo

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MI MUJER MANEJA TODO

Poniendo en justo lugar
su derecho de saber
se le ocurrió a mi mujer
aprender a manejar.
Tal vez me quiso mostrar
que ella es en nuestra unión
sin ninguna discusión
la que frena, la que arranca,
la que mueve la palanca
y lleva la dirección.

Y fuimos una mañana
para su clase inicial,
a una camino vecinal
fuera de la zona urbana.
Allí de muy mala gana
como a quien no le interesa
le enseñé pieza por pieza
el manejo en la cabina
de la perilla más fina
a la palanca más gruesa.

Se creyó que era una broma
cuando le dije: «Amor mío,
para arrancar si está frío
lo mejor es darle toma.»
Y masticando una goma
que tenía gustito a menta
me contestó: «Me doy cuenta,
que en vez de uno son dos,
porque el auto es como vos:
si no toma no calienta.»

Después le dije: «Te advierto
que para hacerlo arrancar
la palanca debe estar
en posición punto muerto.»

Y con cierto desconcierto
contestó: «Me desconcierta
imaginar que sea cierta
esa posición dudosa,
porque no hay ninguna cosa
que esté a punto estando muerta.»

«Al principio lo más bravo
es el asunto del cambio»
le dije en un intercambio
de miraditas de rabo,
y ella dijo: «Al fin y al cabo
el cambio me está tentando
porque ya me estoy cansando
de la comida frutal,
y a nadie le viene mal
un cambio de vez en cuando.»

Después que aprendió a poner
los cuatro cambios de avance,
no pude salvar el trance
de hacerla retroceder.
Tal vez no llegó a entender
lo que le quise decir
pues dijo: «Te he de advertir
que avanzar voy a avanzar,
pero lo que es recular
ni se te vaya a ocurrir.»

Apenas puso el contacto
sin temor a mi trabajo,
se puso el escarabajo
a pistonear en el acto.
Pisó el embrague y al tacto
quiso poner la primera,
pero al tantear más afuera
de donde está la palanca,
si no le grito me arranca
botón, cierre o lo que fuera.

Luego en cada movimiento
de los cambios que ensayaba,
con los dedos me rozaba
la pierna como de intento.
Y yo empecé a fuego lento
a incendiarme interiormente,
y ella de perfil sonriente
sentada frente al volante,
miraba para adelante
haciéndose la inocente.

Por fin después se distrajo
de su condición de artera,
porque embocó la primera
y avanzó el escarabajo.
Pero al mirar hacia abajo
para poner la segunda,
se salió en forma rotunda
del camino vecinal,
y zambulló en el barrial
de una cuneta profunda.

Gracias a un motociclista
que pasó haciendo bochinche,
pudimos llamar al guinche
del centro automovilista.
Ella y yo solos a la vista
del cielo de nada más,
gozando la dulce paz
de un maravilloso idilio,
y esperamos el auxilio…
…en el asiento de atrás.-
(Gracias Carlos)

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